Por Andrés Corona Sánchez

         Queridos hijos, plasmo en este papel lo que les dejo de herencia, ojalá y sepan gastarla en forma adecuada y no la despilfarren, y saben por qué desde ahora, porque lentamente el tiempo en que debo emprender el camino que no tiene regreso se aproxima y no puedo llevarlos conmigo; por eso los dejo en este mundo en el que los buenos consejos no salen sobrando.

        He observado caer algunas estrellas del cielo y quebrarse muchos bastones en los que uno confiaba para poderse sostener, he visto cómo a los seres humanos el poder los trastorna, por eso quiero darles algunos consejos y contarles lo que yo encontré y lo que el tiempo me ha enseñado, porque nada es grande, si no es bueno y nada es verídico, si no perdura.

        No se dejen engañar por la idea de que pueden aconsejarse solos o que conocen el camino por sí mismos; este mundo material es demasiado poco para algunas personas, pero el mundo invisible no lo perciben, no lo conocen. Ahórrense pues, los esfuerzos vanos, no se aflijan y tengan conciencia de sí mismos.

        Considérense demasiado buenos para obrar mal, no entreguen su corazón a cosas perecederas; la verdad queridos hijos no es gobernada por nosotros, sino que nosotros debemos ajustarnos a ella. Vean lo que puedan ver y para ello usen sus propios ojos y con respecto a lo invisible y eterno, aténganse a la palabra de Dios.

        No desconfíen de nadie tanto como de sí mismos, porque dentro de ustedes vive el juez que no engaña y cuya voz es más importante que los aplausos de todo el mundo; hagan el propósito de no actuar contra su voz y si algo piensan o intentan hacer, pónganselo primero en su mente y pídanle consejo, él les hablará en forma muy suave, como balbuceando como una criatura inocente para orientarlos.

        Aprendan con gusto de los demás y escuchen con atención donde se hable con sabiduría, pero no confíen en todo inmediatamente, porque no todas las nubes llevan agua y existen diversos caminos a seguir. Nada esperen del trajín ni de los trajineros y pasen de largo donde haya escándalos callejeros.

        Si alguien quiere enseñarles sabiduría, mírenle a la cara y si lo ve enorgullecido, déjenlo no hagan caso a sus enseñanzas por más famoso que sea, y saben por qué; porque lo que uno no tiene, no lo puede dar, porque no es libre aquel que puede lo que quiere, sino que es libre aquel que puede hacer lo que debe hacer. También quiero que sepan que no es sabio el que cree que sabe, sino el que se percata de su ignorancia y logra sobreponerse a su vanidad.

        Acójase a la verdad si pueden y permitan gustosamente que los odien a causa de ella, porque deben saber que si sus cosas no son cosas de verdad cuiden de no confundirlas, porque de ser así, vendrá sobre ustedes las consecuencias. Recuerden, hagan el bien y nunca pregunten por los resultados y cuando quieran alguna cosa, quiéranla de corazón.

        Cuiden que su cuerpo y su alma, sean rectos con todo el mundo y correctos con cualquier persona, pero difícilmente se confíen, no se mezclen en asuntos ajenos y los suyos arréglenlos con diligencia, no adulen a persona alguna ni se dejen adular. No lastimen a doncella alguna y siempre piensen que su madre también lo fue; no digan todo lo que saben, pero siempre deben saber lo que dicen.

        Respeten y sigan a los seres piadosos, jamás a los santurrones, porque el hombre que tiene en su corazón verdadero temor de Dios, es como el sol que brilla y calienta aunque no hable, hagan lo que merezca recompensa, pero jamás pretendan obtenerla y si tienen necesidades quéjense ante sí mismos y ante nadie más. Hijos míos, sigan siendo buenos como hasta ahora y el día que muera, ciérrenme los ojos y no me lloren; honren la memoria de su madre y entiérrenme junto a ella.

       Lo que plasmo en este artículo no es de mi inventiva, es de otro autor (no recuerdo su nombre).